domingo, 10 de enero de 2016

El Amor

El Amor

Este es un tema del que todos creen saber mucho, y  yo no soy la excepción:  EL AMOR.

¡El Amor! La esencia misma de Dios, la más sublime de las emociones humanas.
¡El Amor! El más grande misterio sobre el cual se ha dicho todo y aún no se ha dicho nada.  Poetas, filósofos, sicólogos, religiosos y profanos, todos han tratado de definir el amor, pero al fin de cuentas, cada ser humano lo vive, lo siente, y lo expresa de una manera diferente.

La doctrina cristiana se centra en el mandamiento de “Amaos los unos a los otros como a vosotros mismos, tal como Yo os he amado”.  Este mandamiento es por cierto de lo más difícil de seguir, pues no sólo ha de amarse a los amigos, sino a los enemigos.

De entrada, pudiera decirse que la barrera es cada uno  de nosotros mismos, pues el egoísmo es parte de la materia con la que parece que fuimos “amasados”, pero alcanzar la plenitud del amor, es la meta a la cual todos tratamos de llegar.

Desde todos los tiempos, la palabra AMOR, ha sido una de las más socorridas y desgastadas, en su esencia y en su significado.  En nombre del amor se cometen muchos abusos y atropellos, extorsiones emocionales:  que “te quito los hijos”; que “si mi dejas, me suicido”;  que “eres un malvado si no me correspondes”...etc., etc.  Según todo esto, ¿qué podría ser más “relativo” que el Amor?

Y es que lo de “Amaos los unos a las otras”, es más complicado aún que el dictado de Nuestro Señor Jesucristo.

La educación que en este sentido hemos recibido, sobre todo en nuestros países latinos, cargados de un machismo a ultranza, ha sido de  tremenda desigualdad para hombres y mujeres.

A nosotras, por ejemplo, se nos ha enseñado tradicionalmente a considerar el amor físico como un pecado, como algo sucio y de lo cual, si se es una niña “bien educada”, no debe ni hablarse.  A ellos se les ha enseñado, por otra parte, a clasificar a las mujeres en “buenas” o “malas”, en la medida en que estén dispuestas a vivir (con el mismo derecho que ellos) su condición de mujeres, y a llevar su clasificación a “aquellas con las que se casan” y “aquellas con las que se divierten”, brindándose a sí mismos (y por supuesto a nosotras) verdaderos desastres en sus vidas íntimas.

No se nos ha enseñado, ni a unas ni a otros, a considerar el amor como un sentimiento que nos puede colmar de realización, tanto en el alma como en el cuerpo.  Hombres y mujeres tenemos al respecto una desinformación total.

Por ejemplo, en el pasaje bíblico en que se narra la historia de la adúltera llevada ante Jesús para que Él legitime la pedrea que le esperaba a la desdichada,  Él, con una sola frase,  la libró de tan salvaje castigo.  Pero, ¿Dónde estaba el “adúltero”?   Posiblemente “de primero”,  frente a Jesús, esperando lanzarle la primera piedra!  El caso es que el fulano no es señalado para nada.  Y de sobra sabemos que éste no es ni mucho menos el único caso en la historia.

Yo opino que, aparte de la función meramente biológica, la educación en este aspecto debería centrarse, para hombres y mujeres, en enseñanza de “Ética de las Relaciones”;  en no aprovecharse ni a jugar con los sentimientos del otro;  a tratarnos mutuamente con dignidad y respeto; a cuidarnos de no caer en la promiscuidad; a no sobredimensionar, pero tampoco a minimizar las sensaciones placenteras que el amor puede traernos, sin temor a caer por ello en el pecado.  Al respecto, me parece que se ha puesto más letra de la cuenta a esa música.

Si lográramos vivir más auténticamente el amor sexual sin tantos tabúes, ni mitos, no tendríamos una sociedad tan violenta, neurótica, desorientada y solapada.    Pero, como comentaba, por nuestro egoísmo y mala e inconsistente educación, para unos y otras, caemos en  muchos errores, que se perpetúan de generación en generación.

Si sólo nos interesa que nos “den lo nuestro”, sin mirar siquiera qué clase de amor y comprensión estamos ofreciendo; si sólo le hacemos la vida imposible al otro, ya sea de palabra o de obra; si no tenemos en cuenta para nada las necesidades de la otra persona; si nos olvidamos de la atención que nos debemos el uno al otro; si dejamos que desaparezcan del diccionario de pareja palabras como “diversión juntos”; “trato amable”; “descanso”, “amistad mutua”, “relaciones sexuales por consenso”; si no le dejamos al otro ni un solo pedazo de espacio para él; si dejamos que la monotonía invada todo nuestro entorno, ¡Cómo no esperar el desencanto muto!  ¡Cómo no esperar que la infidelidad esté a la vuelta de la esquina!

Nos quejamos de que nos traicionan, sin pensar en lo absoluto en que quizá seamos nosotros mismos quienes empujamos al otro a sernos infiel. Hace mucho tiempo, escribí a este respecto:

Las mujeres somos como las mariposas de luz: sólo nos basta una “llamita” para revolotear alborozadas a su derredor, hasta quemarnos o hasta que nos apaguen la luz...  Si nuestros hombres comprendieran esto, evitarían ser llamados con un poco elegante adjetivo!

Quizá suene a herejía lo que voy a decir a continuación, pero a todos los que se santiguan aterrados diciendo que ahora los matrimonios son desechables, les quisiera preguntar si de verdad creen en eso de que el matrimonio debe ser para toda la vida; de que éste es un nudo que sólo se desata con la muerte, y que es Dios quien lo instituyó así.

No es que esté en contra del matrimonio.  ¡De ninguna manera!

Por supuesto que la vida en pareja dentro del matrimonio es lo que todos podemos desear.  Lograr un matrimonio en el que podamos vivir en armonía, con una visión  conjunta de ideales, con un compartir pleno de penas y alegrías en la vida cotidiana.  Un matrimonio donde el afecto, el deseo, el respeto y la consideración sean mutuas, y no obligación de una sola de las partes, digo, un matrimonio así es una verdadera bienaventuranza; esto es haber encontrado la llave del paraíso.

Pero para ello se requiere, en primera instancia, encontrar a la persona adecuada, al compañero ideal, al “alma gemela”.  Y ahí radica la principal dificultad.  Por ese afán desesperado de encontrar afecto, solemos vestir de fantasía a un ser todo de barro;  con el uso se va desdibujando ese traje con el que habíamos vestido a alguien y ya la alianza o anillo matrimonial se convierte en pesados grilletes y cadenas que nos atan de pies y manos.

Para usar un símil:  es como en cierta tribu africana, en donde el delito de asesinato es castigado con obligar al criminal a cargar con el esqueleto de su víctima, amarrado a la espalda por el resto de su vida, escarmento escalofriante, por demás!

Al pasar los años se dejan de idealizar muchas de las cosas que en la juventud creíamos casi mágicas y se empieza a mirar todo desde una perspectiva más realista.  Y si vemos en la práctica la angustia y la aflicción en que viven tantos matrimonios, cuesta creer que sea mandato divino el que la gente tenga que soportar tal infelicidad durante toda una vida.  Yo me pregunto:  ¿En qué momento se pierde la Gracia Santificante que el matrimonio como Sacramento contiene?

En un libro titulado “Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus”, el sicoterapeuta americano John Gray hace un exhaustivo análisis de los diferentes comportamientos de “marcianos” y “venusinas”, y vaya que acierta!, aunque no es un descubrimiento.  Hombres y mujeres pensamos y sentimos de muy distinta manera, acerca de un sinnúmero de cosas. 

Ellos son más cerebrales, nosotras más emocionales.  Así, parece que circuláramos en “ondas diferentes”, y al igual que cuando se sintonizan dos aparatos de radio en diales diferentes, no se puede escuchar claramente a ninguno de los dos, el diálogo, la comunicación, tan aconsejados como medio efectivo de comprenderse unos a otras, tiene sus bemoles. 

Si uno dice lo que piensa sobre determinado asunto, no necesariamente coincida con el otro y así, seguramente la discusión no se hará esperar, y cada uno continuará sosteniendo su punto de vista original.  Y ¿quién ganará la discusión?  Posiblemente el más fuerte.  Pero el otro, el “perdedor” quedará resentido, y lo demuestre o no, de alguna manera querrá cobrárselas.

Y cuando, por temor a la reacción del otro, tiene uno que callarse y no expresar toda la verdad, habrá igualmente resentimiento, al sentirse uno tan limitado para actuar y opinar, según el propio criterio.  En estas condiciones, ¿Cómo poder sentirse feliz,  y mucho menos, hacer sentir feliz al otro?

Darse felicidad mutuamente, teniendo ambos, enfoques y perspectivas tan diferentes de las cosas, es a menudo tan difícil como darle de beber a alguien mientras uno le sostiene su vaso:  nunca se encuentra la inclinación adecuada!

Gray dice en su libro que, por ejemplo, cuado un “marciano” se mete en su cueva, por lo general es que está tratando de resolver un problema y que lo mejor que la “venusina” puede hacer en esos momentos es:   -Ir de compras; escuchar música; ir a cine; llamar a una amiga para conversar... En fin.  El presenta una lista de cosas que ella pudiera hacer para distraerse.  Yo resumiría esta idea en que lo mejor en esos casos es “ignorarlo” y hacer como si él no existiera.  Pero, añado:
¡E-x-I-s-t-e!   Y probablemente saldrá de  su cueva a averiguar (furioso) qué es lo que ella está haciendo!

Me atrevo a decir que lo más importante en una pareja, más que el amor en sí mismo, es la consideración del uno por el otro, pues esto es lo mínimo que uno espera recibir y debe dar.  Si una persona es realmente considerada, no le exige a su cónyuge nada por encima de sus fuerzas o de sus sentimientos.

Sobre el tema del amor nunca podrá haberse dicho todo, así que dejemos en paz estas “disertaciones” y, dado que ni hombres ni mujeres vinimos al mundo con “manual de instrucciones” adjunto, sigamos sumergiéndonos en esas ajenas y desconocidas aguas territoriales que son nuestras respectivas almas, hasta que coincidamos en avistar el imponente y majestuoso barco llamado AMOR, para surcar juntos el mar inmenso de posibilidades a las que él puede conducirnos, y regalémonos con el sentimiento maravilloso ante el cual, ¡Hay que quitarse el sombrero!


Reflexiones en un día de cumpleaños

Reflexiones en un día de cumpleaños
22 de Agosto  
   
Por: Luz Dora Castrillón

Hoy estoy cumpliendo años.  ¿Cuántos?  Nunca me ha gustado publicarlo.  No sé si son muchos o si son pocos:  por momentos,  me parece que sólo hace unos años que vine a la vida y que apenas la estoy comenzando.  Veo sin embargo en otros momentos,  tan lejanas mi niñez y mi juventud, que me parece que ni siquiera fui yo quien vivió todo aquello. 

Ese uso de razón que tuve, no a los siete años, como se supone en términos legales, sino, diría yo, desde los tres años, desde donde apunta mi memoria, y si se quiere más atrás, me hizo darme cuenta de quién era yo, qué quería, qué no quería y qué se me imponía, a lo cual respondía muchas veces con una rebeldía innata, así sólo fuera para mis adentros, porque para los efectos externos, fui siempre de lo más “modosita”.  Era que también, y aunque suene contradictorio, había en mí un deseo enorme de agradar.

Digamos entonces que, “hoy cumple un año más una hermosa niña”, la primera de una familia de doce hijos, cantidad que no debe asombrar en lo absoluto a quien conozca o haga parte de una familia antioqueña, todas excepcionalmente numerosas.

El nombre que su mamá escogió para ella, Luz, unido al que quería su papá, Dora, por el nombre de la protagonista de un libro que recién por esos días leía él, y cuyo título o autor desafortunadamente nunca supe, son su carta de presentación.  Si me hubiesen preguntado si quería ese nombre, sólo hubiese invertido el orden de ambos, pero estoy segura de que esos nombres, de alguna manera influyeron en mi personalidad.  El significado de “Luz” es obvio.  Será por eso que me encanta la luz y que detesto la oscuridad, pero que conste, para dormir necesito oscuridad total!  El significado de “Dora” es, en hebreo, “regalo”.  Espero que no suene a vanidad, pero siempre he querido ser una especie de regalo para quienes me conocen, una especie de luz para aquellos con quienes trato.

Desde muy niña empecé a cuestionarlo todo y una vez que aprendí a leer, ya no quise separarme ni un momento de los libros, del deseo de saber la verdad acerca de todo lo habido y por haber, tarea ardua y de un éxito tan escaso, como puede suponer cualquiera que lo intenta: sólo llegamos a concluir con el filósofo: “sólo sé que nada sé”.

Este constante ejercicio intelectual le abre a uno mucho la mente, pero las incógnitas siguen ahí, inmensas, abrumadoras y con tantas respuestas como seres humanos habitaron, habitan y habitarán la tierra:

·       ¿Para qué vinimos al mundo?
·       ¿Cuál es nuestra misión?
·       ¿Cuáles nuestros objetivos?
·       ¿Cuál es la mejor manera de lograrlos?
·       ¿Por qué el sufrimiento?
·       ¿Por qué la felicidad es tan esquiva?
·       ¿Vinimos al mundo con un destino, o nos lo labramos nosotros mismos?
·       ¿Cuál es, en todo caso, nuestra cuota de responsabilidad?

Qué difícil es el terreno de la moral: es como pisar todo el tiempo sobre una cuerda floja, sin entrenamiento, sin barra de equilibrio.  ¿Y la red?... “la paila mocha”!  No siempre es fácil hallar, o querer seguir, el camino correcto.  Muchas veces es obvia la relación Causa-Efecto, pero la toma de decisiones, desde el punto de vista de los resultados, es siempre bien complicada.  Ignoramos casi siempre si estamos acertando o si nos estamos tirando de cabeza por un abismo.

Y, ¿cuántas veces hay que equivocarse para aprender de los errores?  Creo que muchas veces más que setenta veces siete.  Porque, no importa que se trate de situaciones similares, o de circunstancias nuevas que apenas conocemos, siempre tendemos a usar los mismos patrones de conducta, haciendo a un lado lo que el buen sentido nos sugiere.  Y es que el sentido común, es más escaso de lo que parece.

Lo que he visto es que cada asunto nuevo exige una decisión nueva, que no sabemos nunca si fue acertada o incorrecta, sino  hasta cuando ya se hizo lo que pareció mejor en ese momento. Es que cada momento es un momento nuevo; no importa cuántas veces se haya repetido esta o aquella situación, nunca es seguro actuar de la manera que, en su momento, nos reportó aciertos, o evitar repetir lo que de algún modo no funcionó.  Por más cálculos que se hagan, siempre vamos dando palos de ciego y hay que ir “tocando de oído”, como dicen los americanos.  Miguel Ángel Buonarroti decía: “ A mis 82 años, mi experiencia no es mayor que  cuando tenía 39”.

Continuando con las preguntas, “las del millón”, como pregonaría cualquier programa de televisión:

  • ¿Por qué lo que tiende a darnos alguna satisfacción tiene siempre que ser considerado como un pecado, que después de esta vida nos llevará directamente al infierno?
  • ¿Por qué no nos es lícito sino aquello que implica renunciación, olvido de sí mismo?.  Dicho sea en forma jocosa: “todo lo que me gusta, o me engorda, o es casado!”
  • ¿Y, qué es, en últimas el infierno?
  • ¿Qué es lo que hay realmente después de la muerte?

¡Ni para qué seguir preguntando!  Sigamos viviendo lo que la vida nos traiga, tratando de aceptar lo inevitable y luchando por lo que realmente podamos cambiar, agradeciendo a Dios el don supremo de la vida.

Pero, qué es la vida?  Yo digo que la vida es una lucha constante por la supervivencia, una evolución continua, un cambio, un nacer y morir constantes, un reto de todos los días.  Podría decirse que si uno no va con los tiempos, los tiempos acaban con uno.

Todos tenemos un rol que debemos interpretar ante el público, a medida que vamos leyendo el libreto.  Nadie se escapa de llevar una cruz, no importa lo que muestren las apariencias: belleza, riqueza o poder.  A muchos, esa cruz termina por aplastarlos, pues no es fácil caminar graciosamente y cargar con elegancia esa cruz.  Sin embargo, puestos a escoger, casi todos optamos por la que tenemos, pues nos decimos que es “mejor malo conocido, que bueno por conocer”.

En el camino vamos dejando hilachas de vida en todos los alambrados, pero es importante aprender a jugar lo mejor que podamos con las cartas que tengamos a mano; no sentarnos a esperar tiempos mejores o a vivir pensando en los que ya se fueron, pues, parecemos deleitarnos en flotar en un aire de irrealidad: Si vemos un hermoso ramo de flores naturales, solemos exclamar: ¡Qué bellas; parecen artificiales!  Y si son hermosas también, aunque artificiales, decimos: ¡Qué lindas; parecen naturales! Siempre parecemos estar más en lo que “pudiera ser”, que en lo que realmente “es”.

Los consejos que me he dado a mí misma a través de los años, y que me permito dar ahora en mi papel de hermana mayor, no dejando de recordar lo dicho por Oscar Wilde: “Los buenos consejos que me dan, sólo me sirven para pasárselos a otros”, en fin, seguir los consejos que me doy, me ha reportado llevar una vida  bastante equilibrada y alejada de mayores conflictos. Podría resumirlos así:

  • Es importante ser protagonistas de nuestra propia película, vivir nuestra propia vida, no la vida de los otros (padres, hijos, etc.)  Hacer lo que nos corresponda hacer, sin esperar a que otros se hagan cargo de nuestras respectivas responsabilidades.

  • Tener a alguien a quien amar, y no sólo me refiero al plano pasional, es tan importante como sentirnos amados, pero, en lo posible, no dependamos de esos amores.  La gran meta, por cierto bien difícil, es aprender a “desapegarnos”, como aconseja Tony De Mello.  Debemos aprender a depender lo menos posible de los demás, a ser buenos compañeros de nosotros mismos.
 
  • No anatematizar la soledad, por el contrario, aprender a convivir con ella, pues, cada uno de nosotros atravesamos nuestro propio e invisible camino; y, en última instancia, por más personas que nos rodeen, cada quien nace y muere solo, a su turno.

  • Es conveniente mantener, por otra parte, estrecho vínculo con nuestros allegados, vale decir, con aquellos familiares y amigos que de verdad sean “santo de nuestra devoción”, ya que cultivar la soledad no significa en modo alguno que debamos convertirnos en unos ermitaños amargados y huraños.

  • Tener uno o varios intereses en la vida, hará que nunca nos sintamos aburridos, pues no hay cosa mejor que emplear el tiempo libre en algo que de veras nos guste hacer.  Cabe anotar que la música es, entre todas las bellas artes, la que más placer al alma puede producir.  Y agrego:  quien es sensible a la música, por lo general es intrínsicamente bueno.  Hay  un proverbio que reza:  “Entra sin temor allí donde se canta; la gente mala no tiene canciones”.

  • Procurar no hacerle mal a nadie y, al mismo tiempo, no tolerar pasivamente que nos lo hagan.  Siempre que esté a nuestro alcance, tendámosle la mano a quien nos necesite, pero no confundamos servicio con servilismo.

  • Más allá de respetar a los demás, tratemos de no molestarlos.  Hago mía la frase de una canción que dice que “No es bueno el que te ayuda, sino el que no te molesta”.  No le impongamos a nadie nuestra compañía, ni los abrumemos con nuestros problemas.  Tampoco obliguemos a nadie a que se “confiese” con nosotros, pero estemos prontos a dar un consejo si nos lo piden.

  • Para hacer felices a los demás, no tenemos que olvidarnos de nosotros mismos.  Luchemos honestamente por nuestros derechos, teniendo en cuenta que el derecho primordial de los seres humanos es a ser felices, pero recordemos que el derecho nuestro termina donde empieza el de los demás.

  • Demostremos sin temor nuestro afecto por los demás, eso sí, sin esperar correspondencia; que si ésta se da, sea un regalo que aceptemos encantados, pero nunca forcemos a nadie a que nos quiera.  El amor y la amistad, la química entre dos personas, tiene que brotar espontáneamente.  Si actuamos con amabilidad, con sinceridad y con honestidad, de seguro siempre tendremos “público a nuestro favor”.

  • Seamos, además, lo más discretos posible en todas nuestras actuaciones.  Evitemos al máximo el chisme y la mentira, pero,  sobre todo, no nos digamos mentiras a nosotros mismos.  Hay que aprender a “frenar la lengua”, porque si algo hay que más pronto se pague son las palabras con las que ofendemos o humillamos a alguien.

  • Trabajemos con lealtad  y responsabilidad, pero no hasta el cansancio.  Hay que aprender también a descansar.  Por otra parte, tratemos de no entregarnos demasiado a ninguna causa.  Siempre he sostenido que la decepción es directamente proporcional al tamaño de la entrega.

  • En las relaciones con los demás y para nuestra propia salud mental, es muy importante saber reírnos no “de” sino “con”, pues es abismal su diferencia.  El sentido del humor salva cantidad de verdaderas situaciones de conflicto.

  • El odio y la envidia son sentimientos que nos dañan no sólo el corazón sino todo el organismo, un inútil derroche de energía.  Quien odia o envidia, segrega veneno que contamina todo lo que toca.

  • Defendamos a capa y espada nuestros principios y no permitamos que nos manipulen.


Pasando a otras consideraciones: 

Yo solía ser muy dogmática y categórica en calificar “a priori”, todo lo que veía pasar aquí o allá.  Con dificultad,  he aprendido que “juzgar” es muy fácil, pero realmente “saber” es otra cosa.  Hay mil y una motivaciones que desconocemos, que obligan a las personas a obrar de tal o cual manera. 

Y no se trata solamente de hacer juicios sobre la moral de las acciones de los demás.  Evidentemente, la maldad existe y hay crímenes que claman justicia al cielo.  Pero al referirme al término “juzgar”, la verdad es que nos inmiscuimos más de la cuenta en todo lo que hacen o dejan de hacer los demás; opinamos sobre lo divino y lo humano, creyéndonos dueños de la “verdad”.

No se trata tampoco de volvernos insensibles o indiferentes, pero si, en cualquier caso determinado, el asunto no nos incumbe, debiéramos tratar de mantenernos al margen. 

Agregaría algo que siempre he pensado al respecto y es que todo el mundo “sabe” cómo resolver la vida de los demás; y no nos damos cuenta de que nadie le puede enseñar a vivir a nadie.  Si la lucidez que uno tiene para “resolver” los problemas de los demás, la utilizara para los propios, seguramente que nuestras vidas se desenvolverían con muchos menos conflictos.

Por otra parte, cuando alguien se siente mal, solemos elevarle el ánimo haciéndole el “inventario” de lo que tiene, y me parece que eso no le ayuda en absoluto; generalmente cada uno sabe con exactitud lo que posee, pero también, sólo cada quien sabe de qué carece, y por qué es su queja.  Dejemos que cada persona elabore sus propios “duelos”; sólo oigámoslos con simpatía, y ya él o ella se buscará sus propias soluciones, pues cuando uno se siente perplejo acerca de qué hacer, y no sabe aconsejarse a sí mismo, optar por la solución que otros le dan, muy probablemente no resolverá su problema particular.

Ahora bien: cavilando sobre los “sí”, pero “no”, se me ocurre que, si en vez de físico, Einstein hubiera sido psicólogo, su famosa Teoría de la Relatividad, se hubiera referido a la “relatividad” de los conceptos que manejamos los seres humanos, algunos con un fanatismo e intolerancia a ultranza.

Los llamados “valores” muchas veces son sólo tradiciones que estuvieron a lo mejor bien para su época, pero que no necesariamente hicieron a la gente más buena o más feliz.  Veamos algunos ejemplos:

El pudor y el recato exagerados se pueden volver mojigatería, ahuyentadora del sexo opuesto, tan contraproducente como el demasiado descaro, que raya en ordinariez ridícula.  La tolerancia y la paciencia dejan de ser virtudes tan recomendables cuando se exageran.  Estas pueden convertirnos en alguien tan débil y tonto que cualquiera puede abusar de nosotros a su antojo; no hay nada que envalentone más a un “matón” que ver la debilidad de sus víctimas.

Cuando nos dicen: “Tienes que respetar la autoridad”, ésta generalmente es la pretendida por quien así nos habla.  Qué tal, cuando esa autoridad la ejercen algunos como signo de poder ante los inferiores, Vr. Gr.: Policías que golpean salvajemente a los que atrapan, así se trate de delincuentes de marca mayor; gobernantes corruptos que se enriquecen a costillas de los contribuyentes; esposos o padres que se creen “dueños” absolutos de una mujer o de unos niños; padres o madres que a gritos o a golpes quieren que sus hijos se rindan a sus demandas, tan sólo por esgrimir un título que en muchas ocasiones les queda grande! ¿Quién puede moralmente obligarnos a respetar tal autoridad?

El orgullo nos ha sido enseñado como un anti valor.  Yo pienso que el orgullo sólo debe ser bien encausado para que no convierta a alguien en un ser narcisista y prepotente, chocante y odioso a todas luces.  Por el contrario, un sano orgullo es el responsable de nuestra autoestima, nos muestra nuestro justo valor y nos ayuda a colocarnos en el lugar adecuado dentro de la sociedad.  Mi mamá solía decirnos: “¡Qué bueno que el orgullo pudiera inyectarse!”

La “clase” no es sinónimo de riqueza; y por importante que cualquiera llegue a ser, jamás debe humillar o menospreciar a nadie.

Igualmente, la humildad no se opone a la dignidad, ni es sinónimo de pobreza o de baja categoría.  Humildad es sólo la serena aceptación de las propias limitaciones.

Para corroborar las anteriores apreciaciones, citaré un párrafo de un artículo que describe la personalidad de los Palestinos en Hebrón:

“Allí, las estrechas relaciones familiares se convierten en dependencia; la cautela, en temor y falta de ingenio; la persistencia en terquedad y la frugalidad en mezquindad”.

Obviamente, esa descripción no se ajusta única y exclusivamente a los Palestinos.  Podríamos así seguir enumerando virtudes y defectos que tienen su parte “relativa” y se convierten entre sí, en sus opuestos.

Añado, además, que no hay que asustarse cuando afloren a nuestra alma cualquiera de los sentimientos negativos que en un momento dado, y por el abanico de circunstancias en que la vida puede colocarnos, se presenten dispuestos a arrebatarnos la paz interior.  Lo que si no podemos permitirnos es dejar que cualquiera de esas “enfermedades” del alma, se vuelva crónica y se enquiste, por así decirlo, en nuestro modo de ser. 

Pasando a otra cosa: es saludable llorar los acontecimientos tristes que nos lleguen, pero, hay que permitirle al corazón encontrar su propio proceso de curación y no convertirnos en unos seres amargados; llega un momento en que definitivamente, “hay que guardar el pañuelo”.

No dejemos tampoco que la falta de interés en la vida se convierta de ocasional, en hastío habitual, que a su vez, también puede surgir como manifestación de cansancio por el derroche incontrolado de placeres.

Puede que en algún momento nos falte la fe, pero no lo convirtamos en total escepticismo.

Las explosiones ocasionales de ira por algo que de verdad nos duela, no es muy saludable que digamos “tragárselas”, pero sí debemos cuidarnos de que esas iras se manifiesten constantemente por lo más nimio; nadie tiene por qué cargar con nuestro mal genio.

Un optimismo exagerado nos lleva a desprendernos de la realidad, convirtiéndonos en unos ilusos, habitantes de otro planeta.  De igual manera, una constante actitud negativa nos pondrá en camino de la autodestrucción o depresión crónicas.

En resumen:  debemos  tratar de lograr el equilibrio lo más posible;  ubicarnos en el justo medio de todas las cosas, aunque existe ciertamente una virtud que no admite términos medios y ésta es la honestidad.

Por lo demás, “si en algo nos excedemos, que sea en bondad” , pero, ¡ojo!  No la confundamos con “bobada” , por el hecho de que ambas empiecen por “B”.

Tal parece que, olvidando uno de mis refranes favoritos, cual es el de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, me he extendido  en estas consideraciones más de lo que me propuse al titularlas “Reflexiones en un día de Cumpleaños”.

Estas son, en todo caso, mis opiniones muy personales, resultado de toda una vida de atenta y constante observación, no sólo de mis propias experiencias, sino de las de mis allegados y conocidos, de los libros que he leído, en especial biografías, amén de los acontecimientos mundiales de que dan cuenta los noticieros, en fin, de saber de los dramas que a diario vemos enfrentar a tantos individuos, en la siempre vertiginosa carrera que todos llevamos, en muchas ocasiones, sin siquiera saber a dónde nos conduce.

Por lo demás, me declaro absolutamente profana en los temas que he tratado y no pretendo, en ningún momento, posar de psicóloga ni de escritora.  Tampoco pretendo que mis comentarios orienten ni desorienten a nadie, pero el hacerlos, me ha ayudado a establecer una mejor comprensión de mí misma, y en general, del complejo ser humano.

A quien las pueda encontrar de utilidad: “Be my guest”!, como diríamos en inglés.




Sobre "El Principito" de Saint Exúpery

 EL PRINCIPITO                                             

Hace algunos años, yo hice esta pequeña reseña del libro "El Principito", de Saint Exúpery: 

Mediante la más exquisita fantasía, Saint-Exúpery analiza en este libro gran variedad de caracteres  humanos. 

La primera cuestión que se plantea es la incomprensión del mundo de los niños, por parte de los adultos.  Aprovecha para expresar lo que es la inocencia (no ignorancia) y cómo, por este motivo, los niños adivinan muchas veces más allá de los hechos, indicando esto mediante dibujos tales como el de una boa que se ha tragado un elefante, del cual opinaban los mayores que se trataba de un sombrero...

O el cordero dentro de una caja...  Así demuestra, según sus mismas palabras, cómo “lo esencial no pueden verlo los ojos, sólo el corazón puede hacerlo”.  ¡Cómo se quejan muchos de que esta incomprensión ha sido causa de no pocas frustraciones artísticas o de otra índole!

Hace referencia  al Amor, con la parábola del Principito que se enamora de una rosa.  Plantea aquí diferentes problemas en este complejo sentimiento:  las responsabilidad mutua que debe existir entre quienes se aman; el dolor de la separación; la incomprensión de un verdadero amor; el remordimiento de no haberse dado por enterado cuando éste pasaba por nuestro lado, etc.

En el encuentro del Principito con el rey, critica el mal entendido principio de autoridad, demostrando que la autoridad debe residir sólo en la razón, y por consiguiente, debe pedirse a cada quien sólo lo que éste sea capaz de dar.

Muestra también la importancia y la dificultad de juzgarse a sí mismo correctamente.

Critica al vanidoso, a aquel para quien sólo importa él mismo.

Demuestra la inutilidad de atesorar riquezas, cuando el Principito encuentra a aquel que basaba su felicidad en contar estrellas, a las cuales nunca podría coger, sólo contar...

En la escena del zorro, alaba la virtud de la paciencia, como algo fundamental para el entendimiento con los demás.


En fin, que "El Principito" es un verdadero tratado de relaciones humanas.

sábado, 9 de enero de 2016

LA LIBERTAD

 La Libertad


Si no existiera la libertad, la humanidad nunca tendría conciencia de realización; podría ocurrir que una dominación absoluta de la voluntad individual nos llevara a sentirnos no como humanos, sino como “títeres” de Dios, o de quien viniera esta represión; sería causante, por lo tanto, de tremenda infelicidad.

Han sido innumerables las guerras que se han suscitado a través de la historia, por rebeliones contra la supresión de libertad, llámese política, social o moral.  Los excesos a que llegan muchos provienen de la rebeldía que experimentan cuando sienten coartada su libertad.

La expresión negativa de la libertad es el libertinaje, o sea, un mal entendido concepto de libertad, que consiste en creer que ser libre es abusar hasta el máximo de sí mismo o de los demás.

En mi concepto, ser libre significa tener la firmeza de actuar de acuerdo con las propias ideas; saber aprovechar la oportunidad de realizarse; estar siempre en paz consigo mismo y con los demás.  Ser libre es, ante todo, no ser esclavo, ni aún de nuestras ambiciones ni de nuestros deseos.

Lo de que el hombre no es libre porque todos sus actos están determinados por la sociedad, no es del todo verdadero.  Opino que más bien somos nosotros quienes nos condicionamos a la sociedad.  Es evidente que para vivir en comunidad (a lo que por naturaleza tendemos) debe respetarse las normas que dicte esa comunidad.  Pero no hay necesidad de perder individualidad por el hecho de llevar una vida acorde con la sociedad a la que se pertenezca.

Ocurre que el hombre, por otra parte, no aprecia la libertad en todo su valor, ya que constantemente busca encadenarse a todo género de cosas materiales, a prejuicios, a situaciones que él mismo se crea, etc.


Og Mandino describe este fenómeno en “El Milagro más Grande del Mundo”, de esta manera:  “Si estamos encerrados en una prisión de fracasos y auto compasión, nosotros somos los únicos carceleros; nosotros tenemos la única llave para nuestra libertad”. 

LUCHA SIN DESCANSO...



 Lucha sin descanso...


Venimos al mar borrascoso de la existencia sin saber nadar, y así, para no ahogarnos, desesperadamente nos asimos a frágiles troncos que se deshacen casi al tocarlos. 

En este recorrido no hay bonanza:  en el día, el inclemente sol que nos quema las entrañas y la sed nos abrasa, impidiéndonos ver el azul del cielo y de las aguas.  En la noche, la oscuridad tremenda, el frío, el hambre...

Logramos llegar a una isla y nos consideramos salvados, sin saber que se trataba, como dice Nieztche, de un monstruo dormido... O nos encontramos con seres que, en modo alguno, nos harán olvidar nuestra desgracia.  Se nos plantea entonces el dilema de quedarnos allí, o de lanzarnos nuevamente al agua...

¡Qué lucha interminable; qué constante vacío; qué cansancio infinito!

Vivimos en pos de lo inalcanzable y carecemos del don de prever que el encuentro con lo que buscamos, tampoco ha de llenarnos.  Si fácilmente conseguimos algo, qué insulso y falto de sentido nos parece de pronto.

Por eso, la muerte, con todo su horror, parece ser la definitiva liberadora de este eterno batallar.  

Quiera Dios acogernos, al final de la jornada!


                                 

VIVIR ES ALGO MARAVILLOSO


¡Vivir es algo maravilloso!


Todas las personas tienen conceptos diferentes sobre lo que es la vida.  Estos se basan generalmente en la forma en que se desarrolla su propia existencia.  Lo que tratan de alcanzar durante el período en que ésta se desenvuelve, marca la pauta de lo que ella significa para cada quien. De acuerdo con esto, yo diría entonces que la vida es una búsqueda constante de algo: dinero, poder, placer, gloria, honores, amor...

Tristemente hay personas para quienes vivir sólo significa sobrevivir...  Sin embargo, es extraordinario ver cómo se aferra a la vida un ser totalmente desposeído de cosas elementales: techo, abrigo, alimento... O seres enfermos para quienes la vida sólo significa dolor...

¡Qué inconcebible es el deseo de morir que experimentan aquellos a quienes nada les falta!  Será que esos mimados de los bienes materiales carecen de realidades espirituales que hagan de su vida algo tan profundo, tan emocionante, tan acicateante, como el hecho mismo de existir?

¡Cómo es posible no sentir deleite inmenso en contemplar una noche llena de estrellas,  un día de sol esplendoroso, un jardín en plena floración! ¡O escuchar el sonido de la lluvia golpeando los cristales, inundándonos de dulce nostalgia y deseo de ser niños para correr descalzos sobre los arroyuelos que forma en las calles! ¡Percibir las notas de una guitarra rasgada al compás de sentimientos infinitos! ¡Respirar a nuestro antojo y correr como gacelas sobre el prado verde y húmedo!

¡Saciar nuestra sed con el agua refrescante que no puede ser reemplazada con el licor más exquisito! ¡Poder navegar en la mar de la imaginación y el pensamiento de otros al leer un libro!

¡Qué profundo respeto no debe inspirarnos el saber que alguien nos ama; que necesita de nosotros para ser su compañía, su apoyo, su consuelo!  ¡Qué inenarrable felicidad estrechar sus manos; mirarse en sus ojos; sentir el acompasado latido de ese corazón, a ritmo misterioso con el nuestro!  ¡Y el sublime milagro del hijo!

¡Poder recordar una y otra vez los momentos felices y vivirlos de nuevo... ¡Y el sueño reparador en que descansamos nuestra fatiga, para renovarnos cada día!


Definitivamente, ¡Vivir es algo maravilloso!

lunes, 28 de diciembre de 2015

PROVERBIOS SOBRE LA VEJEZ

PROVERBIOS SOBRE LA VEJEZ
Hay cuatro cosas viejas que son buenas:
Viejos amigos para conversar,
Leña vieja para calentarse,
Viejos vinos para beber y
Viejos libros para leer.
Émile A. Faguet

La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza.
                                                                                 Proverbio Hindú

Los árboles más viejos dan los frutos más dulces.   Proverbio alemán

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.                                                             Gabriel García Márquez

Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.

                                                                            Ingmar Bergman

Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, 
el comentario.                                                      Arthur Schopenhauer

Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes.
                                                                       William Shakespeare


Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, 
procuro hacerla enseguida.                                                                                             
                                                                                 Pablo Picasso


El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.
                                                                                André Maurois

La vejez es un tirano que prohíbe, bajo pena de muerte, todos los placeres de la juventud.                                    François de La Rochefoucauld

A los viejos les gusta dar buenos consejos, para consolarse de no poder dar malos ejemplos.                                     François de La Rochefoucauld
 
Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara.
                                                Michel Eyquem de Montaigne

Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo.                                       Charles Augustin Sainte-Beuve


Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan mozo que hoy 
no pudiese morir.                                          Fernando de Rojas

Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hayamos llegado.
                                                                Francisco de Quevedo

Si quieres ser viejo mucho tiempo, hazte viejo pronto.   -Cicerón

Cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer.    -Pío Baroja

En la boca del viejo todo lo bueno fue, y todo lo malo es.
                                                                                 -Baltasar Gracián

Nada nos envejece tanto como la muerte de aquellos que conocimos durante la infancia.                                                                               -Julián Green

El joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones.
                                                               -Olliver Wendell Holmes
 
En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos.
                                                        -Marie von Ebner Eschenbach

La madurez del hombre es haber recobrado la serenidad con la que jugábamos cuando éramos niños.                                        Frederich Nietzsche

El viejo no puede hacer lo que hace un joven; pero lo que hace es mejor.
                                                                       -Cicerón

Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.                                                                                      -Ernest Hemingway
 
Los que en realidad aman la vida son aquellos que están envejeciendo.
                                                                     -Sófocles


La vejez existe cuando se empieza a decir: nunca me he sentido tan joven.
                                                                     -Jules Renard
 
La vejez nos arrebata lo que hemos heredado y nos da lo que hemos merecido.                                                                                     -Gerald Brenan

Temía hacerme viejo, hasta que comprendí que ganaba sabiduría 
día a día.                                                        -Ernest Hemingway

Un hombre no es viejo hasta que comienza a quejarse en vez de soñar.
                                                                -John Barrymore

Un hombre no envejece cuando se le arruga la piel sino cuando 
se arrugan sus sueños y sus esperanzas.                                                                                                                                                                  -Grafiti callejero
 
Viejo es quien considera que su tarea está cumplida. El que se levanta sin metas
 y se acuesta sin esperanzas.                     -Autor desconocido


 Cuando seas viejo en la carne, sé joven en el alma.  -Autor desconocido

¡Envejece conmigo! Lo mejor está aún por llegar.
                                                       -Robert Browning

Viejo  ( adulto mayor) es quien termina de leer todos estos proverbios, y no se acuerda de (casi)  ninguno. Por eso. ..si lo habían recibido, no importa, pueden releerlo… ¡No fue mi intención deprimirlos!